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Votar o no votar, ¿es esa la cuestión?

Pienso que… de nuevo volvemos a gozar de un día de reflexión en este precioso retal de mundo donde voy sumando días, rodeado de una tierra y de un mar de ensueño.

Leo, algo más que por encima pero sin llegar a memorizar ni pretender hacerlo, los diferentes programas electorales de los partidos políticos cuyos aspirantes pugnan por ocupar la presidencia de la Generalitat de Catalunya.

Leo, dando por sentado la buena intención de todos ellos, algunas proclamas que pisan el suelo, y otras que aparentan ser burbujas de deseos. Y las leo, todas, llevando al extremo la equidistancia que me permite acercarme al muestrario político sin tener un pie dentro. Libertad equidistante que no anarquía política, desde luego, y desde todo el respeto al esfuerzo que las generaciones de antaño tuvieron que hacer para despertar al sufragio universal de un profundo sueño.

Observo a mi alrededor, y he de decir que con cierta lógica que comparto, una desafección por parte de la sociedad bastante más grande hacia los políticos, que hacía la propia política. Y a ellas y a ellos, más que a la ciencia que sirven todos, por el hecho de ser los encargados de darle vida con palabras, hechos, proclamas o gestos. Y aquí reside, a mi entender, gran parte del problema: enlazar las intenciones de burbuja con la tierra que piso a diario.

Imagino que en el fondo una parte de esos programas electorales, y lo son en todos ellos, tienen algo de real y algo de brindis al sol, cuya intención, mezclándolas, no es más que la de. despertar votos durmientes, o la de robarlos al vecino, atrayéndolos con el vaivén del  estandarte de un ideal ferviente. Por eso, no es difícil comprender variopintos argumentos que oigo de quienes no piensan ir mañana a votar ni que los obligaran a hacerlo.

Y a pesar de empatizar con buena parte de ese razonamiento social de hartazgo, de incomprensión, de desconfianza y recelo, a pesar de todo ello, me obligo en mi caso a acudir a las urnas. Y lo hago, lo confieso, más por el respeto al legado de los que me precedieron, que por la ilusión de ejercer un propio derecho.

Me pregunto, para finalizar, cuantas cosas a lo largo de la vida llegamos a hacer, más que por devoción, para cumplir con una obligación que a la corta o a larga quizá nos conviene. La simple mirada del despertador de un lunes por la mañana, podría servir para ejemplificar lo que intento transmitir, sobre todo cuando llega la factura del agua y la luz al mes siguiente.

Tal vez lo mejor, lo mejor de todo, sea que a pesar de todos los pesares, dispongo de plena libertad para ejercer mi derecho a voto o para negarme a hacerlo, sin tener que dar explicaciones a nadie, ni siquiera a mi mismo, si no me apetece. ¿Y no será así, me pregunto, gracias al esfuerzo heredado que deberíamos seguir perpetuando, más allá de lo poco, o lo mucho, que nos apetezca hacerlo en este preciso instante?

¿ Y tú, qué piensas?

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