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otoño

Y llegará el otoño….

Pienso que…sobran gurús del apocalipsis otoñal que nos viene encima  y faltan pensamientos, sensaciones, sonrisas, palabras ligadas con algo de optimismo, que disfruten del instante en el que aparecen sin más, como estas mismas que, una tras otra, forman este artículo veraniego.

La falta de gas, la inflación, el insoportable precio de los carburantes, la nueva crisis que emerge sobre la crisis de la pandemia que a su vez nació en la del germen de la crisis del tocho o  «Lehman Brothers «, el calor del cambio climático que ya más que broncearte por fuera, te asa por dentro como un pollo a l’ast de domingo,.. vamos que el futuro es tan esperanzador como el día que los culés sentimos a uno de nuestros ídolos decir: « es lo que hay».

Vayamos por partes, y antes de seguir leyendo, te aconsejo coger un bolígrafo que no pese demasiado y sujetarlo entre los dientes, (morderlo vamos) porque seguro que lo sabes, pero por si acaso te recuerdo que nuestro cerebro, por más inteligente que sea, es fácil de engañar, simulando la mueca de la sonrisa para provocar que libere endorfina, serotonina y dopamina, que tanta falta nos hace con tanto gurú negro pululando por los medios.

El análisis de los que ven en el pesimismo la fuente de la sabiduría

Que yo sepa, además de ser capaces de explicarlo todo al detalle a toro pasado, la palabra que más utilizan los economista es la de «depende»; palabra que intentar definirla en sí misma ya conlleva una cierta indefinición. Depende, sí, depende de muchos factores que el otoño sea tan horrible como algunos anuncian alegremente como si se llevaran comisión por ello.

Depende sobre todo, de como tu y yo seamos capaces de dejarnos influir por estos malos augurios y la credibilidad que le demos a nivel individual a esos malos presagios. Depende de si decides tirar adelante con los proyectos que decidiste hacer para celebrar el poder pasear sin mascarilla: quizá la compra de una moto, hacer el viaje que tenías programado desde hacía años, el inicio de unos estudios que te interesan, el ir al cine con frecuencia, comprar la entrada de ese concierto que tanto ansías, el salir a comer fuera algún que otro día,… o si, en cambio, amedrentado y paralizado por ese apocalíptico infierno otoñal, que llega a una velocidad supersónica, decides quedarte en casa y negarte todo lo anterior, porque todo ello conlleva un gasto ( o llámalo inversión en el mejor de los casos).

Imagínate que decides no llevar nada de lo que tenías previsto a cabo. Vamos que vas a ahorrar como nunca negándote incluso el café de la mañana de poco más de un euro. Imagínate que llevado por los cantos tristes de sirenas, tu vecino del primero, y el del quinto, y tu prima a la que has llamado expresamente, también lo hacen, porque tu les aconsejas que no se gasten un euro siendo proactivos, ante los que se nos viene encima.  Bien, pues si vas dando esos consejos a todo bicho viviente, vas a tener bastante trabajo en cenas de despedida: la de la camarera donde cada mañana tomabas un café, la chica que te vendía las entradas del cine compaginándolo con sus estudios de enfermería, la del cocinero del restaurante que hace el arroz negro como nadie ( tu lo haces igual pero en el plato de casa pierde ese gustillo), y de tanta y tantas personas que ante tu reacción en cadena, van a perder su trabajo sin la menor duda.

Si sigues con el bolígrafo bien mordido tu cerebro ya habrá empezado a creer que tu estado es de felicidad, así que te animo a seguir con él entre labios.

 

La «psiconomía», o el impacto de la psicología en la economía

La psicología, en mi opinión, tiene un papel predominante en la economía del siglo XXI, aunque a veces la ignoren o menos tengan algunos de esos gurús de pata negra. Y sí, lo he escrito bien: la psicología, porque la economía de este siglo ya no va ligada exclusivamente a los fondos de comercio, ni al valor económico de los patrimonios, ni siquiera al valor de una marca consolidada en el mercado. No, esa exclusividad ya pasó a la historia, desgraciada o afortunadamente, que eso es otro cantar. Y sino, pregúntate como en el póker de los ricos ( también llamado Bolsa) una empresa puede perder o ganar un 5, 10, 15 o más por ciento en pocos minutos. Pues por eso, por emociones, sensaciones, intuiciones…psicología económica.

La psicología puede ayudarnos a entender, aceptar, e incluso disfrutar de una nueva forma de enfocar las consecuencias de un capitalismo desbocado, que para algunos ha entrado en la fase de sus últimos coletazos. E intentaré explicarme: me refiero a lo que tú y yo necesitamos poner en nuestra bolsa de la felicidad para sentirla llena. A menudo le comento a mis alumnos ( oficio que compagino con el de escribir hasta que todos los que leéis con mayor o menor frecuencia mi web decidáis adquirir mis novelas) que la generación de japoneses de mi edad, sentían un gran placer aparcando sus Hondas descapotables en los campos universitarios, sin que esa felicidad sin capota de antaño tenga que ser superior a la que sienten sus hijos, ligando sus Brompton al parquin de bicis del mismo campus. Y esto multiplícalo con otros cientos de ejemplos: ir en yate o en paddle surf, comprar una casa o vivir de alquiler hoy aquí,  etc, etc, etc.

El capitalismo ha demostrado tener buena parte de la culpa, a pesar de sus inconvenientes y defectos, del nacimiento de una clase social llamada media, otrora inimaginable. Es cierto que ese capitalismo incipiente estuvo acompañado en ocasiones del despegue de una democracia social que dio importancia al individuo, como tal, y a la unión de ellos, como grupos ( la fuerza sindical sin ir más lejos) aunque también es cierto que ha sabido emerger en tierras más áridas ( China sería un ejemplo de sus varias excepciones). Es pues, a mi modo de ver, esa fusión de los principios capitalistas y socialistas, ( o en orden inverso si se prefiere) el que lleva décadas proporcionándonos un cierto modus vivendi  que, a pesar de las crisis con las que ha lidiado y lidiará, sigue siendo el sueño de miles de personas que abandonan sus tierras intentando ver su sombra en un país de los llamados desarrollados. Y esta percepción, si quieres más a vista de avión que de pájaro rasante, también debemos tenerla presente cuando la queja impulsiva borbotea en nuestros labios.

No soy capaz de aventurarme en escribir hacía donde vamos como sociedad a nivel económico ( ni de cualquier otro, por más que intento andar con los ojos abiertos) pero sí me atrevo con cierto cuidado a escribir lo que a simple vista es fácil de percibir por los sentidos: cada vez menos manos sostienen más riqueza, y por ello, cada vez más labios sufren mayor hambruna.

Hace ya unos cuantos años, y disculparme la batallita, me negué a aceptar reducir el número de personas que trabajaban en el departamento de cajas y atención al cliente, en una empresa multinacional de comercio archiconocida. La estrategia era sencilla y difícil de rebatir si querías demostrar que estabas implicado: reducir cajeros significaba reducir en gastos de personal lo que conllevaba incrementar el beneficio de los accionistas ( que yo mismo era en aquella época). Y tristemente, cientos de lunas llenas más tarde, lo he visto no solo en la empresa en la que trabajaba en aquel momento, sino en otras muchas que han hecho exactamente lo mismo: reducir personal para maximizar beneficios a cambio de «educar a los clientes» para que se sirven ellos mismos y pasen por caja ellos mismos sin tener que depender de nadie. Algunas al menos han tenido el detalle de poner a la tecnología de escusa. Otras son más descaradas. ¿ Has ido hace poco a alguna entidad bancaria? Da igual que lo hagas recién duchado, parece que molestes igualmente.

Por favor, siga usted con el boli y haga ver a su cerebro lo feliz que está en este momento.

Y sigo: es posible  que la situación actual geopolíticoeconómica conlleve el fin del mundo yanqui unipolar que nació tras el fin de la URSS, y el inicio ( más palpable aún me refiero) de una diversidad de ombligos polares repartidos por el mundo ( de esto hablaré en otro artículo). No lo sé, es posible, probable, pero no tengo la certeza absoluta más allá de las intuiciones que me llevan a compartir lo que escribo.  Lo que sí sé, retomando el tema del artículo, es que en ese «depende» del que escribía antes, puedo hallar buena parte de los granos de arena que puedo aportar mi simple yo insignificante, para tener un otoño algo más llevadero de lo que anuncian las peores crónicas. Esos granos de arena que, tal vez multiplicados exponencialmente, nos van a permitir ayudar a nuestra economía, basándome en la actitud en la que afrontamos los retos (psicología), para evitar la apocalipsis otoñal de los gurús más cenizos.

Entre esos granos de arena, que guardo con sumo cuidado en mis bolsillos,  te comparto algunos por si quieres compartirlos y ayudarme a llegar al invierno pudiendo decir: pues al final no fue para tanto.

  1. Llevar a cabo aquellos proyectos que brotaron de la ilusión que nos proporcionó dejar las mascarillas; tal vez reduciendo algo el presupuesto destinado a ellos, de acuerdo, pero dándoles luz sin preguntarte ni recriminarte mil veces si haces o no lo correcto.
  2.  Elegir aquellas empresas que no se han sumado a lo loco a la fiesta de la inflación galopante ( en mi caso he dejado de ir a restaurantes y comercios donde el menú o los productos se han inflado descaradamente, para ir más a menudo a las que están haciendo un esfuerzo de contención de precios) Es posible que con mi conducta, por ejemplo Manolo deje de ser camarero de X, porque he dejado de frecuentarlo, pero lo contrataran en el restaurante Y donde voy ahora con más frecuencia.
  3.  Dar importancia a lo que tiene y restarla a lo que es banal se mire por donde se mire. No seré yo el que me manifieste si, en vez de poner la calefacción a 21 grados la Generalitat y/o el Estado recomiendan ponerla a 17 en beneficios de todos. Bienvenido sea el poder sacar del armario el abrigo de lana que me hizo mi abuela. Y si tú no tienes jersey de lana de abuela o peor aún, no lo tienes claro, piensa en los jóvenes que se hacinan cerca de las vallas de eso llamado primer mundo, o se suben a unos cayucos con la esperanza como único flotador salvavidas.       ¿ De verdad me preguntan si será un problema bajar unos grados la calefacción este invierno? Estás de broma, ¿no?
  4.  Disfrutar del presente. De solo el instante presente. Vivimos tan intensamente que parecemos incapaces de vivir el día a día sin acompañarlo de motas de futuro inmediato, aunque este sea incierto o nefasto.  Pienso, creo y comparto, que hasta la mayor de las incertidumbres puede acarrear la mejor de las oportunidades. Y te pongo un ejemplo: España, hoy, ahora, si quiere, podría convertirse en el mayor semillero de energía de Europa, basándose en la solar y eólica. ¿ Lo hará? No lo sé. De pequeño me tragaba todos los Debates del Estado de la Nación. ¡ Qué bien hablaban! Ahora, soy incapaz de hacerlo.

He estado unos días de vacaciones con mi familia en un precioso pueblo costero llamado Tossa de Mar, de la provincia de Girona, que te recomiendo visitar si lo desconoces. Durante nuestra estancia, he visto el hotel lleno, las terrazas del paseo marítimo repletas de cervezas  o refrescos;  gente haciendo cola para alquilar un kayak, o un paddle surf; chicos jóvenes trabajando de animadores, como mi hijo mediano; otras en la recepción, como mi hija mayor; otros pidiendo cualquier cosa que mostraban los escaparates de los comercios, como mi hijo pequeño, así que si fuera un extraterrestre, y tuviera que analizar la economía de futuro inmediato a tenor del consumo instantáneo que veo diría algo así como: otoño espléndido.

Pero oye tú, que yo escribo novelas, y los que de verdad entienden dicen que el otoño será horrible, más que malo.  Bendita ignorancia.

¿ Y tú que piensas?

No te olvides de quitar el bolígrafo de los labios, si te apetece, claro.

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