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Cimientos de cristal

Pienso que… recuerdo que hace pocos meses tuve la oportunidad de asistir a una conferencia donde el tema central era: El techo de cristal en el mundo empresarial, entendido este como la limitación velada del ascenso laboral que padecen las mujeres en las organizaciones.

Y, como hombre, en sus variopintas versiones de: padre, hijo, marido, hermano, tío.., aplaudí con entusiasmo cada uno de los silencios que la excelente y joven conferenciante, dejaba entre sus máximas; desconozco si para tomar aire de nuevo o para sentar cátedra entre silencios de palmas.

Una de las palabras que más utilizó a lo largo de su excelente discurso, fue la de empoderamiento, y la de gracias, al ver lo rendido que parecía el auditorio ante cada una de sus coherentes proclamas.

Dotar de poder a alguien es necesario e interesante siempre y cuando la persona agraciada sepa utilizar el poder en beneficio de aquellos que alimentan el verbo que le da alas. Darle poder al Crusoe, de Defoe, sería tan absurdo como esclavizarlo a sí mismo, ¿verdad?

De camino a casa, aún con algunas máximas de la joven conferenciante flotando por mi cabeza, me acordé de experiencias empresariales que he tenido la dicha de vivir: la de una, joven directora y compañera de una empresa multinacional, que me comentó, al regresar al trabajo una semana después de haber dado a luz a su primer hijo, que no quería ser menos que otro de nuestros colegas directivos, de género masculino, que había hecho lo mismo.

O la de otra, una compañera  y directiva también, que cambio su sonrisa convexa y sus tejanos de colores, tras proponerle subir un peldaño, por una de cóncava y unos de traje de chaqueta fúnebres ( aunque bien pensado, tenía cierta lógica hacerlo,  pues el ascenso acababa de matarla en vida, como ella me confesaría meses más tarde).

Y entonces me pregunto si será del todo acertado y conveniente hablar de techo de cristal.

Sí,  el techo de cristal existe, y no, no debería existir en una sociedad que aspire a llamarse  avanzada, como la que nos corresponde a tenor del tiempo que llevamos colonizando este planeta.

El género no debería ser nunca un factor clave en la elección de la persona candidata a asumir responsabilidades, tampoco para, intentando ponerse un tanto de brote ingenuo, utilizarlo como blanqueador de una estadística manipulada; encuentro una somera gilipollez forzar, por ejemplo, la paridad de ministerios en un gobierno. ¿ Qué ocurre si todos son ministras, o todos ministros, o un 80% femenino o el mismo porcentaje masculino?

Las competencias personales, profesionales y éticas ( redundo en esta última forzando el sinónimo con la primera por lo fácil que se olvida en ciertas organizaciones) deberían ser las únicas que permitieran calibrar la idoneidad de una persona para asumir áreas de poder. Y digo las únicas, obviando expresamente los apellidos, lameculos sui géneris y acreedores de bancos de favor, tan habituales entre nuestras queridas lindes hispánicas.

Y termino, conociendo el mayor porcentaje de mujeres con estudios superiores del presente y los últimos años, con la esperanza de que la llegada masiva, necesaria y deseada, de las mujeres, a importantes áreas de poder en todos los ámbitos , nos lleve, más que a romper techos de cristal, a incorporar un  nuevo patrón de comportamiento, más cercano a la conciliación familiar, a la búsqueda del  beneficio social y… en definitiva, a la primacía de la ética de la responsabilidad.

Siendo así, el patrón masculino podrá beneficiarse de esa nueva sabia savia, tanto como el femenino apropiarse de los aspectos positivos que han dibujado el perfil de aquellos durante largos años ( que también los hay, sin duda)

Y a esa, a esa esperanza del nuevo saber ser y hacer del Apoderado 2.0, prefiero llamarla: Cimientos de humanidad, con el deseo de poder rellenarlo con los trozos de cristal rotos.

  • Por cierto, el tema de este Pienso que…estará muy presente en la segunda parte de Sombras de niebla (que Dios mediante, verá la luz en invierno del 2020).

¿Y tú, qué piensas?

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